En la pastoral juvenil

Ser “oyentes y servidores de la Palabra en el mundo de los jóvenes es ser sembradores en la tierra fértil de sus corazones inquietos. Los jóvenes nos regalan eso tan maravilloso de estar “en búsqueda”. Su pasión los lleva a investigar, preguntar, experimentar… Son vulnerables y están a merced de propuestas que los perjudican. La Palabra de Dios es respuesta oportuna y satisfactoria para sus ideales. Ser oyente y servidor de la Palabra es ofrecernos como canales de la propuesta de Jesús para ellos. La misma deberá ser transmitida en su “idioma” juvenil, entusiasta, alegre e incluso desde las nuevas tecnologías de comunicación. La etapa juvenil es el momento de definir sus proyectos para el futuro. En sus vidas concretas el estilo comunitario, solidario y de servicio constituye un atractivo especial para sus opciones. La Gracia de ser comunidad, anunciar y trabajar desde ella es para nosotros también un imperativo que hace creíble y entusiasmante la Palabra anunciada. _____ Francisco San Martín, CMF [Prefecto Apostolado de San José del Sur]
Efectos de la Palabra en mí: La Palabra de Dios me transforma. Como misionero trato de forjarme en la fragua de la Palabra y de la Eucaristía. Son mis puntos de apoyo más básicos. La práctica diaria de leer, rumiar y degustar regularmente la Palabra de Dios desencadena efectos singulares y me convierte cada vez más en su servidor. ¿Qué tipo de efectos produce en mí? Me centro en tres, que reflejan tres de las propiedades de la Palabra de Dios: * Propiedad «informativa». La Palabra de Dios me trae noticias de Dios y de su historia de la salvación, hilvanada con infinidad de personajes y sucesos. Al entrar en contacto con la Palabra, se produce así un doble efecto: conozco al Señor y me reconozco a mí mismo. Lo advertía ya san Agustín: “Que me conozca, que Te conozca Señor Jesús, que me conozca a mí y que te conozca a Ti”. El libro santo opera como epifanía reveladora del misterio de Dios y, a la vez, como espejo en el que me reconozco y me entiendo al mirarme en él. La Palabra y mi vida coinciden cuando las cotejo. Esa es su revelación.  * Propiedad «comunicativa». La Palabra es umbral y ámbito de mi encuentro personal con el Señor. Es el canal del contacto y amistad con el Señor que me lleva a comprenderle y a amarle, a hacer silencio y adorar, a entrar en relación de cordialidad con Él, más allá de informaciones y noticias. Me sitúa ante Alguien presente y cercano, que me atiende y que vela por mí, que me ama y me llama. La Palabra me permite entrar en amistad con Dios, que caldea y se asienta en mi interior. Dios me habla. Yo le acojo y respondo con su Palabra dicha a mi corazón. Es una comunicación inapresable y discreta, porque transita por el silencio y, además, el interlocutor es invisible.  * Propiedad «perfomativa». Esta tercera dimensión muestra el dinamismo creativo y eficaz de la Palabra. Realiza lo que anuncia. No solo es inspiración sino también, y a la vez, impulso interior. Transforma eficientemente desde el amor. Cumple lo que dice. Su energía y dinamismo van operando pacientemente una silenciosa metamorfosis en mí. No se trata de cambios espectaculares. sino más bien de un despertar de energías dormidas que me movilizan en una dirección evangélica, recreando mis actitudes y puntos de vista, asentando en mí costumbres y convicciones, convirtiéndome pacientemente en aquello a lo que he sido llamado por Dios. Esa propiedad me habilita para ser misionero y anunciar la Palabra allá donde soy enviado desde tres orientaciones: orando, trabajando y sufriendo. _____ Juan Carlos Martos, CMF [Centro Frágua - Madrid, España]

"¡Somos misioneros! La Misión pertenece a nuestra identidad más profunda". | "We are missionaries! The Mission belongs to the core of our most fundamental identity".

MS 1 (Cf. CC 2; Dir 26.)